Ironías de la vida

Ironías de la vida. El día de África va a ser eclipsado por las elecciones al Parlamento de una Europa que ha trasladado el Muro de Berlín a distintos puntos de sus fronteras: Mediterráneo Occidental, Mediterráneo Central, Mediterráneo Oriental, y otras fronteras orientales u occidentales.  Porque, dicen “el desafío de la inmigración” está ahí, llamando a la puerta, preguntando si vamos a ser o no coherentes con los valores de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea.
El día de África, vamos por el 51 aniversario, conmemora la creación de la Unión Africana. Y esa Unión Africana, de profundas raíces autóctonas, se inspira también en la Unión Europea. Pero… ¿Qué África quieren sus pueblos…, qué Europa quieren sus ciudadanos y sus pueblos?
España no es ni Francia, ni Alemania ni Holanda, ni la Gran Bretaña. ¿Somos los españoles más integradores, más tendentes al mestizaje? Desde Andalucía, al menos, “crisol de culturas”, aunque un tanto autocomplacientes, y no menos “chulillos”, hemos apostado desde el 2000 por la integración y también por el diálogo intercultural -bastante distinto de lo meramente multicultural-. En otros países se habla de más o menos Europa, de más o menos austeridad, de más o menos mercado, … y del euroescepticismo, y de “menos inmigrantes” -a pesar del claro envejecimiento de la población-. Hay un cierto populismo xenófobo que admira el mercantilismo financiero suizo -que, sin embargo, da acogida a grandes fortunas de países sureños-.
¿Qué pasa en España? Que ahora todo parece centrarse en bipartidismo/multipartidismo. Dice Fernando Vallespín que el PP y el PSOE se desgañitan por no ser confundidos entre sí – como si uno fuera más patriarcal, digo yo,  y el otro más matriarcal, aunque no siempre-. En ese contexto, UPyD e IU aparecen como una especie de bipartidismo en la sombra, autoafirmándose a costa del adversario. ¿Y quien representa la calle? … Pues la abstención, el “pasar olímpicamente”, el voto en blanco, los “micro-nacionalistas” y, tal vez, grupos políticos como Equo, Podemos, Ciutadans…, que aspiran a uno ó dos parlamentarios.
Algunas voces, que todavía sobreviven, de la vieja Doctrina Social de la Iglesia, invitan a que se vaya a votar. De los 751 diputados del Parlamento Europeo a España le corresponden 54. Se pide que se vote con reflexión, con responsabilidad, sopesando: el tema de la crisis, la política de la austeridad, el hecho del desempleo y el desempleo juvenil, la política migratoria, la cooperación al desarrollo del denominado Tercer Mundo, y la política Medio Ambiental. No están nada mal esos indicadores.
Pero el problema al que nos enfrentamos es la falta de credibilidad. Ejemplo: el PP, en sus soluciones, en el marco de los instrumentos de vecindad dice: “reforzaremos el diálogo político vinculado a mejoras democráticas y defensa de los derechos humanos, en particular los derechos de las mujeres. Desarrollaremos una interlocución eficaz que facilite la inclusión política y social de los países del Mediterráneo. Fomentaremos el desarrollo de la Unión por el Mediterráneo”. ¿Quién puede creerse este discurso a la vista de los hechos, en Ceuta y Melilla?
¿Qué decir de la Europa Social en temas de Educación, Juventud, Empleo, Vivienda, Sistema Sanitario Universal y Seguridad Social?
Situar a Europa en el Mundo no va a ser nada fácil. Pero, para ello, Europa necesita de África. Y, con el tiempo, necesitará volver a la “Perestroika” de Gorbachow y a su ideal de la Europa de Los Urales hasta el Atlántico. El compromiso efectivo por la Paz, la Cooperación y la Solidaridad, amén de la Justicia Universal, el Medio Ambiente  y el futuro de la Juventud, de la Educación y de la Salud Pública son aspectos clave para la ciudadanía en el discernimiento reflexivo a la hora de emitir el voto por una Unión Europea más democrática y más política, que mire por el Bien Común de la Humanidad.
José Mora Galiana

La ONU no debe permitir que África se derrumbe

Hasta hace poco tiempo, miles de personas que huían de la violencia suscitada en la República Centroafricana podían, al menos, encontrar refugio en Bangui, la capital. Yo era uno de ellos. Había estado en la ciudad norteña de Bouca donde una masacre de civiles que se refugiaban en una iglesia, se evitó gracias a la intervención de miembros de las fuerzas de paz de la Unión Africana. Me sentía agradecido de haber llegado a la relativa seguridad de Bangui.

Ahora, la violencia ha alcanzado la capital que se ha convertido en una región terriblemente peligrosa. Alrededor de 350.000 personas, aproximadamente la mitad de la población de la ciudad, han sido desplazadas por la violencia sectaria surgida entre los antiguos rebeldes de Séléka, principalmente musulmanes, que tomaron el poder en marzo de 2013, y las milicias ‘anti-balaka’ (anti-machete en la lengua local)  procedentes de regiones del país mayoritariamente cristianas, apoyado por soldados del gobierno anterior. Los ataques se han vuelto más atroces y la población civil es a menudo blanco de las embestidas.

En todo el país, la gente vive en condiciones terribles, apilados en campamentos improvisados ​​sin refugio básico, alimentos, agua o suministros médicos. Cientos de miles de personas se esconden en la selva, un número desconocido está muriendo por enfermedades que se pueden prevenir o de hambre. Las agencias de ayuda no pueden llegar a muchas de estas personas que viven desesperadas.

La Unión Africana (UA) y las fuerzas de paz francesas tratan de reducir la presión pero no son los grupos idóneos para contener el desastre humanitario y de derechos humanos. En ausencia de un proceso político para restablecer un gobierno estable, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) tiene que actuar rápidamente para frenar esta catástrofe en evolución.

Las tropas de la Unión Africana, con presencia en la República Centroafricana desde finales de 2007, está incrementado el número de afiliados. Cuando los nuevos brotes de violencia iniciaron, contaban con contingente de 4000 soldados y está previsto que podrá aumentar a 6.000. Las tropas han recuperado el control de algunos sectores de la población, pero falta equipo y personal para evitar que el país corra el riesgo de una implosión institucional. Por otra parte, su neutralidad se ha visto comprometida por la presencia de soldados de Chad, la alianza de milicias rebeldes Séléka incluye un gran número de chadianos.

La llegada a Bangui de tropas francesas adicionales, a principios de diciembre, fue un hecho positivo, pero su papel también pone de relieve la dificultad de recuperar la estabilidad ya que al buscar el desarme de la milicia Séléka, los 1.600 soldados de paz franceses corren el riesgo de dar una ventaja militar a las fuerzas anti- balaka, que no son fáciles de desarmar ya que utilizan tácticas de guerrilla y se mezclan con la población

La mejor opción para hacer frente al reto que encara la República Centroafricana es adoptar la propuesta presentada por el Secretario General de la ONU, Ban Ki -mon, que busca remplazar los militantes de la UA a una fuerza de paz de 6.000 a 9.000 efectivos. Tal fuerza tendría mayor capacidad de protección civil y podría crear un entorno para que la asistencia humanitaria pudiera llegar a su destino.

Financiada por un fondo gestionado por la ONU, la milicia operería bajo las normas de mantenimiento de paz establecidos en la Carta de las Naciones Unidas y con esta medida, el establecimiento del control se llevaría a cabo de una forma más profesional que con las actuales tropas de la UA, que dependen de aportaciones voluntarias de países donantes.

El despliegue de una fuerza de paz sólida de la ONU tendría mejores armas y equipos, así como logística y capacidad de comunicación – y reduciría las probabilidades de que sus militantes se involucraran en incidentes como, el intercambio de disparos ocurrido en diciembre en Bangui entre las fuerzas de paz de la Unión Africana del Chad y Burundi. Por otra parte, promovería garantías para excluir a los soldados con antecedentes de abuso.

http://www.hrw.org

Infierno en el corazón del África

480.000 refugiados, víctimas de la barbarie del siglo XXI, han invadido países vecinos, implorando asilo

Las proyecciones demográficas estiman que en 2050 África tendrá mayor población que la China y la India juntas, añadiendo junto a sus penurias actuales un duro fardo para el resto del planeta, o por el contrario,  constituyéndose en el reservorio de las ingentes riquezas naturales aún inexplotadas de su vasto territorio. Sin embargo, en la actualidad las luchas intestinas por el control del poder político, sean por rivalidades étnicas o religiosas, provocan serios dramas humanos traducidos en sangrientas masacres e incesantes flujos de miles de refugiados en busca de santuarios que les conserven la vida.

Si ayer fue la desestabilización de Mali, hoy es el turno de la República Centroafricana, una de las naciones más pobres de la región, cuya historia reciente registra la instauración de un imperio de risueño recuerdo. En efecto, el 1 de enero de 1966, Jean- Bedel Bokassa, antiguo oficial del Ejército, se apoderó de la presidencia hasta el 4 de diciembre de 1976, fecha en que juzgó que la función le resultaba pequeña en comparación a su exuberante personalidad, alimentada por un ego insaciable; y en esas circunstancias decidió autoproclamarse “emperador” del Imperio Centroafricano, súbitamente inventado. Para ello, el 4 de diciembre de 1977  organizó una fastuosa ceremonia en ocasión de su coronación, reconocida por países vecinos y —mediante el discutido regalo de un puñado de diamantes al entonces presidente Valery Giscardd’ Estaing— enaltecida por la propia exmetrópoli francesa. La bacanal, con cientos de convidados, costó 20 millones de dólares.

No obstante, tres años más tarde, un grupo de militares desafectos, irónicamente con el apoyo francés, demolió en pocas horas las áureas imperiales y encerró al monarca en una celda sin boato real alguno. Bokassa terminó sus días en 1996, cargado de acusaciones y deudas que culminaron en el remate de su castillo de Hardricourt, que había adquirido en Francia. Un ataque cardiaco hizo que la dinastía quedara trunca, pese a los 54 hijos que sus 17 esposas le habían ofrendado.

Últimamente, la sucesión de golpes y contragolpes nos lleva a la acción protagonizada por Michel Djotodia, jefe de la Seleka (“alianza” en lengua sango) el 24 de marzo de 2013, que derroca a Francois Bozizé, el entonces presidente de la República Centroafricana, quien opta por abandonar la capital, Bangui, dejándola a merced de la soldadesca golpista, que somete a la población a un saqueo inmisericorde salpicado de ejecuciones sumarias, violaciones y vejaciones varias. La Seleka recluta a su paso al lumpen local y a mercenarios sudaneses y chadianos. Pronto se constata un Estado fallido que se desmorona, dando paso al caos que impera en sus 620.000 km2 de superficie, ante la indiferencia internacional que solo reaccionó cuando Francia acudió al Consejo de Seguridad para dar legitimidad a una intervención unilateral en su antigua colonia, corazón del continente y fronteriza con seis países. Por añadidura, el pillaje toma otro color. Bangui, ciudad en un 85% cristiana, está asediada por los rebeldes de la Seleka, conformada por islamistas radicales. Es cuando el conflicto denota características de guerra religiosa, que desata un enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. Parece ser una cruzada medioeval, estilo africano. El presidente Djotodia, sin poder y sin presidencia, disuelve por decreto su milicia Seleka, pero ésta, sin acatar, continúa depredando ante la impotencia de Micopax, la fuerza de paz africana.

Se dice que es para detener las masacres y no solo por usufructuar el uranio centroafricano que el presidente francés, Francois Hollande, organizó la segunda acción bélica durante este año en África, con el objetivo de desarmar a los bandos en pugna, gestión por la que se le atribuye el apodo de  gendarme de la región. Entre tanto, 480.000 refugiados invaden territorios vecinos, implorando asilo para mujeres, niños y ancianos, víctimas de la barbarie del siglo XXI.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:01 / 04 de enero de 2014

Africa en conflicto

Si la segunda mitad del pasado Siglo XX fue descrita como el tiempo de América Latina, donde los distintos estados fueron resolviendo sus problemas internos y geoestratégicos, la primera mitad del actual Siglo XXI estará marcada por los mismos o parecidos procesos en el continente africano. África ha entrado en el escenario político, económico y social con una serie de conflictos que son sólo el inicio de años venideros de incertidumbre.

Las antiguas metrópolis intentarán jugar distintos roles para no perder lo poco que les quede de presión para continuar esquilmando los recursos naturales y riquezas sin explotar en muchas de sus ex colonias. Desde todo el proceso iniciado con la llamada “primavera árabe” en el norte mediterráneo (aún no resuelta en varios países y en especial en Egipto) hasta las extremas situaciones de Somalia, República Centroafricana y el nuevo país Sudán del Sur, nos encontraremos con situaciones de violencia activa, golpes de estado, guerrillas o grupos insurgentes, derrocamientos, enfrentamientos étnico-religiosos y cualquier tipo de justificación para ocultar la verdadera raíz de los conflictos.

África es un continente prácticamente convertido en reserva de recursos naturales para los grandes intereses estratégicos de muchos países del mundo, desde los europeos a Estados Unidos, sin olvidar China y algunos países emergentes como India, Brasil o Sudáfrica. Todos ellos quieren pugnar por repartirse un trozo importante del pastel de dichas riquezas: petróleo, gas, diamantes, uranio y varios minerales estratégicos para la defensa y para el consumo de masas.

La desestabilización de gobiernos será una constante en los próximos años. Se fijarán alianzas de grupos políticos con multinacionales que realmente responden a los intereses de las potencias y que actuarán como su brazo ejecutor en cada una de las zonas en litigio. Donde actualmente no hay conflicto lo habrá, se provocará, se justificará y se financiará para que lo haya. Cualquier motivo será válido, dependiendo de cada una de las realidades internas de los países, para iniciar o reavivar un conflicto. A los poderosos les da igual el número de víctimas que se den en ellos, tal y como les ha dado igual que continúen muriendo de hambre y enfermedades curables millones de personas. Lo único que les mueve e interesa son las ganancias a futuro que produce el control de los recursos por explotar en el continente.

Lo demás sólo serán daños colaterales. Los africanos tienen que despertar y asumir este escenario, sabiendo jugar su papel con transparencia, al tiempo que los organismos internacionales, sobre todo Naciones Unidas, deben aplicar criterios de respeto a los derechos humanos y denunciar los intereses de terceros países y de oligopolios empresariales. De lo contrario, centenares de miles de personas vivirán un infierno en vida, serán utilizados sin miramientos y demostraremos, una vez más, nuestro rostro más ruin como seres humanos.

Francisco Pineda Zamorano es Asesor en Relaciones Internacionales y Cooperación

África: la tragedia de un continente

Los yacimientos más importantes de la humanidad están en el continente africano, de allí partió el Homo Erectus para poblar otros continentes. Ahora, los descendientes de nuestros antepasados son víctimas de un sistema económico que los convierte en fugitivos de sus tierras.

Hace más de 500 años, África fue el mayor vivero de hombres y mujeres. Las colonias americanas se nutrieron de mano de obra esclava del continente: españoles, portugueses e ingleses los necesitaban para trabajar las tierras conquistadas por la fuerza. Se les cazaba como alimañas y se les metía, contra su voluntad, en grandes barcos que les transportaban hacia un cruel destino. Por aquel entonces, no querían salir de sus tierras porque ellas les ofrecían los recursos necesarios para vivir, pero entonces, África era una gran reserva de esclavos para los colonizadores del Nuevo Mundo.

Primero fue un continente expoliado de hombres y mujeres. Después, argumentado el estado salvaje o semisalvaje de sus gentes, en el siglo XIX los europeos invadieron tierras africanas. África fue repartida entre las naciones colonizadoras y el tratado de Berlín (1885) lo selló. Y el saqueo quedó legalizado. Se hicieron con los gobiernos poniendo a gobernantes títeres, para hacerse con los recursos existentes en sus tierras.

Hoy, la tragedia del continente continúa. La población africana se muere de hambre, de enfermedades endémicas, de SIDA, además de ser víctimas de guerras territoriales. Las descolonizaciones no tuvieron en cuenta las situaciones fronterizas anteriores y dejaron a los pueblos embarcados en guerras eternas; los gobernantes corruptos y dependientes económicamente hicieron el resto.

El desigual acceso a la alimentación hace que más de 1000 millones de personas sigan pasando hambre en el mundo; y una gran parte es del continente africano. Cuando estos desdichados mueren, los años vividos se han desarrollado entre la desnutrición y las enfermedades. En 1996, La Cumbre Mundial sobre Alimentación, con un gran alarde propagandístico, se comprometió a atenuar el hambre del mundo, pero el camino es largo y las intenciones se quedan cada vez más cortas. En veinte años, se propusieron reducir a la mitad los hambrientos del mundo; 22 millones cada año. Pero nada más lejos de la realidad; solo se han reducido 6 millones al año. La desnutrición en África, extremada en los niños, alcanza cifras espeluznantes; nacen desnutridos y las posibilidades de mejorar sus vidas son casi imposibles.

Pero hay más. En la cumbre de los países más desarrollados (G-8) de Génova del 2001, a la que fue invitada la FAO, se confirmó que el objetivo que debía cumplirse para reducir el hambre en el mundo consistía en desarrollar los recursos agrícolas de los países pobres; grandes conclusiones, para graves problemas. En ese sentido, el G-8 se comprometió a transferir tecnología dando prioridad a África y al sur de Asia, aunque no se concretaron las facilidades para que ello fuese posible, sin que la deuda les elevase más el agua al cuello. El hambre no espera: genera desnutrición, enfermedades y finalmente mata.

A través del tiempo, los hombres siempre actuaron igual. Los más aventureros, los que no se resignan a esperar en el ancho corredor de la muerte deciden emigrar. Esperan que otros continentes maten su hambre y su angustia. Los africanos miran el mar Mediterráneo e imaginan que al otro lado está la solución, pero ya ni eso les queda.

La tragedia persiste. Las mafias de tráfico humano se aprovechan de las necesidades de sus congéneres. En el mejor de los casos, los saquean, los embarcan y les dejan tirados en las costas. En el peor, sus cuerpos aparecen flotando sobre las aguas. Pero las mafias no son las únicas culpables de todos los cadáveres que nos lanza el mar. También los son las leyes injustas que facilitan todo tipo de tránsito económico, pero lo dificultan a los seres humanos: hombres y mujeres que se ven obligados a emigrar porque sus países de origen no les ofrecen las mínimas garantías de subsistencia, a pesar de que la Declaración de Derechos Humanos lo establece.

Hoy, cuando los africanos siguen arribando, muertos o vivos, a las costas europeas más cercanas, los partidos más conservadores siguen hablando de leyes y poniendo trabas a la vida de los inmigrantes. Pretende obviar una situación tan compleja como trágica con frases grandilocuentes que ocultan los antecedentes y las consecuencias. Ocultan la verdadera salida, que no es otra que atajar las condiciones de vida que mueven a hombres y mujeres a abandonar sus tierras. La lucha contra el hambre debe moverse en el campo de la cooperación norte-sur, pero desde políticas activas, de leyes comerciales justas que faciliten el desarrollo humano con dignidad en sus lugares de origen. Pero lejos de esto, los poderes económicos han convertido el continente Africano en tierra de promisión para las trasnacionales, con la pasividad, cuando no complicidad, del poder político.

http://www.nuevatribuna.es

“Ayudar a África no entra en los planes de Obama”

El viaje de Barack Obama a África no es más que una gira de relaciones públicas en un continente desesperado por su ayuda, afirmó a RT Lawrence Freeman, experto de la revista ‘Executive Intelligence Review’.

“El objetivo del viaje no es ayudar a los pueblos africanos a desarrollar sus naciones. Se trata de una gira de relaciones públicas muy calculada y glorificada”, dijo Freeman.

En su opinión, “la mayoría de personas en África se dará cuenta, de hecho ya se ha percatado, de que este país no está haciendo nada para ayudar a su continente”.

El analista de ‘Executive Intelligence Review’ destacó durante la entrevista que el pueblo africano sabe que tanto EE.UU. como la OTAN lideraron el derrocamiento del coronel Muammar Gaddafi, que ha supuesto “una catástrofe” para el norte y el oeste de África.

“Esta visita no ofrecerá nada excepto, quizás, atraer a empresas del sector privado para hacer algunas inversiones. Esto es realmente patético teniendo en cuenta lo que África necesita”, resaltó.

EE.UU. no ha hecho nada por ayudar a África 

En su opinión, EE.UU. “no ha hecho nada” por mejorar las condiciones de vida de los africanos. No ha tratado de favorecer el entendimiento entre las culturas árabes de estas regiones, por eso se ha extendido el terrorismo y ha proliferado la insurgencia”.

Además, Freemam dijo a RT que “Obama ha hecho menos que George W. Bush y que Bill Clinton” en África, pese a que el actual mandatario es venerado como ‘el Hijo de África'”.

En su intervención, recordó también la breve visita de Obama al África subsahariana en 2009. “Pasó menos de 24 horas en África y dio un discurso en Ghana”, señaló.

En esta gira, que culminará el 3 de julio, el mandatario visita Senegal, Sudáfrica y Tanzania. “Evita ir a otros países como Nigeria, como Mali, y otros tantos que se encuentran en el centro de atención en estos momentos”, agregó el experto.

“A Obama no le preocupa nada el bienestar de la gente en Sudáfrica al igual que no le preocupa el bienestar de la gente en EE.UU.”, lamentó Freeman, quien agregó que “EE.UU. y Europa están muriendo económica, política y culturalmente”.

actualidad.rt.com

África ahorra lágrimas para Mandela

En África el agua es un recurso limitado, a veces el continente negro es abatido por duras sequías y muchos de sus ríos languidecen, por eso en ciertas épocas del año solo las lluvias torrenciales apagan su sed. Los africanos tienen el hábito de economizar el líquido vital, como también tendrán que hacerlo con las gotas que caerán de sus ojos si Nelson Mandela es dominado por sus padecimientos de salud.

Es innegable que África parece ahorrar lágrimas para llorar al símbolo más grande que ha dado la humanidad de resistencia política, Mandela creció por encima de la dignidad de los pueblos discriminados y saqueados para situarse en el lugar sagrado de los héroes. Su vida es un puño cerrado y apretado hasta torcer los dedos, pero un puño de un golpe de conciencia superior a una mandarria. Ningún otro luchador en la historia de la humanidad ha logrado vencer a sus enemigos en circunstancias tan adversas como lo hizo Mandela, o mejor dicho, este David que supo desde el presidio derrotar a millares de Goliat.

Ya Mandela no es de carne y hueso, lo noto hecho piedra, mármol, bronce. Lo percibo estatua, bandera, himno. Veo su figura erguida levantarse como el sol y hasta lo siento caer en aguacero sobre la tierra ardiente de justicia de su África o Sudáfrica.

Mandela en cautiverio desesperaba a los verdugos, ellos estaban más que seguros que los años en solitaria terminarían volviendo loco a Mandela y sin embarco quienes enloquecieron de ansiedad fueron sus torturadores. Desde entonces, la psicología dio vigencia el término de “resiliencia”, es decir, “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

No pudieron romper el cable de su voluntad de firmeza, vueltas y vueltas, retorceduras y retorceduras… Y su ánimo permanecía impertérrito, firme, inquebrantable. Mas para colmo, no pudieron lograr que con cientos de vejámenes, de los ajos de Mandela descendiera una sola lágrima, por el contrario, cada vez que miraban su rostro tenía una sonrisa, sus brillantes dientes eran una especie de espada que hería a sus vigilantes.

El laberinto de los racistas ya era un círculo vicios meses, años, décadas, no conseguían derribar el cadáver de Mandela, con la agravante de que el mundo exigía a gritos su libertad,  Mandela se convirtió en el preso del siglo XX, y las autoridades de su país en carceleros de la dignidad de todos los humanos. No había otra salida, o se abren las puertas del calabozo o todos los torturadores de Mandela terminan dentro del calabozo. Prefirieron soltarlo cuando Mandela ya los tenía a todos presos del repudio universal.

Este es el hombre que el tiempo implacable quiere detener. Esta es la emoción que los africanos mantienen frenada. Por él rezan millones, por él oran muchos que no saben orar. El tiempo se hace sordo, el calendario no escucha y hasta el Supremo oye poco ante tantas plegarias a su favor.

África sabe que el ocaso está próximo, hace esfuerzo por simular el llanto y ahorra, ahorra todas sus lágrimas, porque no serán suficientes para llorar el hombre, no alcanzarán sus gritos la dimensión del nombre y el apellido de la resistencia, el  emblema de todos los tiempos  de  la lucha contra el racismo, el inmortal: Nelson  Mandela.

Por LEONEL MARTINEZ

El África de mañana

El África de mañana debe tener, entre sus principales cimientos, el de la unidad continental y el rescate de su identidad, tan maltratada y vulnerada por el discurso racista hegemónico. Cuando Kwame Nkrumah, Gamal Abdel Nasser y Modibo Keita, entre otros líderes del continente, firmaron el 25 de mayo de 1963, la carta constituyente de la Organización de la Unidad Africana (OUA), devenida en julio de 2002 en la Unión Africana (UA), muchos de sus países estaban aún bajo el dominio colonial.

A partir de entonces, la OUA fue un impulso a las luchas independentistas y en su seno encontraron asidero las más hermosas ideas humanistas. El organismo también condenó al régimen segregacionista del apartheid que amenazaba tragarse al sur de África.

Cincuenta años después del nacimiento de ese gran proyecto integracionista, el continente es libre del colonialismo, pero sigue arrastrando males y flagelos heredados de la más cruel explotación capitalista a la que se ha sometido a ningún pueblo en el mundo. Heridas que siguen abiertas porque las potencias europeas y el neocolonialismo abortaron con su injerencia, presiones y chantajes, grandes proyectos nacionalistas, de rescate de los recursos naturales, y sobre todo de la dignidad africana.

Europa, que no se acostumbró a dejar de pensar en África como su posesión más preciada, siguió apostando a las divisiones ideológicas y al desgajamiento de un continente, cuyos líderes comenzaban a vislumbrar como una sola tierra.

Ante tal escenario, y partiendo del papel positivo que jugó la OUA y heredó la UA a partir de 2002, el proyecto integracionista africano aún tiene grandes retos que cumplir, de manera que el continente alcance la transformación socioeconómica favorable y necesaria para que acaben los conflictos que la desangran, fomentar la seguridad y el bienestar de sus pueblos.

Para ello, los países africanos deben mirarse más hacia dentro y a sus vecinos de manera que pueden encauzar mecanismos de integración que tengan en cuenta las necesidades reales de sus economías y sociedades y puedan emprender intercambios de beneficio mutuo. Experiencias de este tipo en el Sur vienen dando muy buenos resultados.

Más allá de las fronteras africanas, América Latina y Asia constituyen un destino al que el continente puede encauzar con mucha más fuerza sus vínculos internacionales, de manera que puedan diversificar sus relaciones políticas y económicas internacionales, insertarse con mucho más peso en la economía mundial y depender menos de modelos de relaciones e intercambio tradicionales con Europa y Estados Unidos, que no tienen en cuenta las necesidades africanas.

Avanzar en este camino les permitirá también diversificar sus economías, muchas de ellas dependientes de los ingresos por la renta petrolera. Se impone la concepción de «sembrar el petróleo» con el objetivo de impulsar el desarrollo de la agricultura y la ganadería en un continente con graves problemas de inseguridad alimentaria.

La UA avanza en su institucionalización, de manera que podrá materializar con mayor efectividad propósitos y proyectos. En ese sentido, un paso importante dado en la XXI Cumbre celebrada en Addis Abeba fue el compromiso de impulsar la creación de una fuerza militar continental, un paso que venía discutiéndose hace muchos años sin llegar a concretarse. Según lo acordado en la reciente cita, este cuerpo tendrá como objetivo el propio de la UA: «responder a los problemas africanos con soluciones africanas».

Con la creación de sus propias fuerzas armadas, el continente podría enfrentar sus conflictos sin necesidad de acudir a las tropas de potencias como Estados Unidos y la Unión Europea, lo cual abre las puertas a una mayor injerencia de estas naciones en los asuntos internos africanos.

Esto se hace imprescindible cuando se desarrolla la denominada «guerra global contra el terror», impulsada por Washington, que tiene a África entre sus principales escenarios, por las enormes riquezas y la posición geoestratégica del continente.

El presente y el futuro de África les pertenecen a los africanos. La integración y la unidad son los únicos caminos que tienen sus 54 naciones para hacer frente a los complejos desafíos, algunos históricos, en medio de un contexto internacional actual tan adverso. Potencialidades económicas y humanas sobran. El cauce está en la consolidación de la voluntad política nacionalista de sus Gobiernos, y en los ideales del panafricanismo que legaron los padres fundadores de la OUA.

Jorge L. Rodríguez González