El hombre que planta cara al ébola

Domingo, 13 de abril del 2014. El domingo partí de Guinea Conakry, después de dos semanas y media sobre el terreno, en un vuelo de Air France con destino a París. Iba con el responsable de la OMS para fiebres hemorrágicas. Al entrar en el aparato observé que las azafatas llevaban guantes. Sonreí. Minutos después, ya instalado en clase turista, la sobrecargo me pidió información. Quería saber si había estado en contacto con algún enfermo. Admitió que estaban asustados. «Tenemos información dramática, nos dicen que si te contagias, tienes el 90% de posibilidades de morir –me dijo–; de los ocho tripulantes de cabina, solo dos han accedido a embarcar cuando se han enterado de que usted venía, hemos tenido que buscar sustitutos». La tranquilicé. Le dije algo que es muy importante que se sepa: hasta que el cuerpo de la persona infectada por el virus del Ébola no empieza a descontrolarse, no hay riesgo de transmisión.

El vuelo transcurrió sin contratiempos, excepto por el retraso que todo esto generó. Dejaba atrás muchas miradas, momentos humanamente difíciles, muchas emociones, mucha injusticia. Durante una fracción de segundo pensé en las llamadas de todo tipo que recibí. Una de ellas era de un medio de comunicación que me preguntaba qué riesgo había de que «el Ébola saltara la valla de Melilla». Y yo pensé: «¡Hablemos de las personas que están aisladas como si tuvieran la lepra, de las condiciones en las que tienen que pasar sus últimos días, de los esfuerzos para que los supervivientes puedan retomar sus vidas!». Estando allí me sorprendió el interés tan agudo de Europa por un brote hemorrágico en África, cuando hay enfermedades como la malaria que matan a un millón de personas cada año y a nadie le importan. Esta vez la intranquilidad tiene algo de «huy, que esto puede llegar a mi casa como llegó el cólera en el siglo XIX». Y me preocupa que eso se transforme en la estigmatización del inmigrante africano. «¿Tendrá Ébola? Si me toca, ¿me puede matar?».

El miedo es humano, naturalmente. Incluso en una reunión celebrada en mis últimos días en Conakry –éramos unos 30 funcionarios y expertos en una sala muy pequeña y con el aire acondicionado estropeado– dije en voz alta «¡uff, qué calor que hace aquí!» y una americana, rápidamente, me preguntó con una inquietud mezclada con un punto de ironía: «¿Fever?» [¿Fiebre?].Sin comentarios.

También a mí me suelen preguntar si tengo miedo. Sí, lo tengo. Es un miedo necesario. El que te avisa de que estás ante una bomba biológica, de que no sabes de dónde viene el peligro. Ante un brote de esta magnitud –el epicentro está en Guéckedou y en Macenta, pero el virus ha llegado a Mamou y a Conakry, e incluso se han dado casos, pocos, en Sierra Leona y Liberia–, al llegar y enfrentarte a esa realidad cambias tu tarjeta SIM y ni siquiera entre expatriados nos tocamos. Es una forma de dibujar el marco en el que vas a trabajar, para que el guardia de seguridad, la cocinera, el chófer, la gente que está a tu alrededor lo vean. Un automatismo de prevención. Porque de 19 enfermos en Conakry, nueve eran enfermeros o médicos que se infectaron antes de saber a lo que se enfrentaban. Compañeros unidos en la voluntad de ayudar que habían pasado al otro lado de la línea roja. También es duro que se aproximen niños a los que con una mirada les pides que no se te acerquen, o cuando te invitan a un té y lo rechazas. Eso no está en la naturaleza humana, y menos en África, donde el huésped siempre es bienvenido. Pero hay que evitar la percepción de que, si alguien resulta infectado, haya sido por el contacto con algún miembro de nuestro personal.

Otra lección de la experiencia –esta ha sido la quinta vez que trabajaba con un Ébola– es la importancia de crear un espacio propio en algún momento del día. Para escribir o para lo que sea. Es importante no quemarte, porque solo si estás bien puedes ser más empático y responder mejor a las necesidades de los enfermos. De hecho, a la zona de aislamiento entraba dos veces al día, como máximo.

El operativo en esa sala es muy lento. Las botas, la chaqueta, los guantes, el mono cerrado por varias partes con nudos simples y con una abertura que permite colocarte la mascarilla. Tardas unos 25 minutos en ponerte el traje de astronauta y otros 40 en quitártelo. Y no puedes estar dentro más de un hora porque estás trabajando a 34 grados, con una humedad de hasta el 80%. Sudas a mares. Además, dentro, con las gafas de esquiador, tienes una visión muy reducida. Todos los movimientos se hacen muy despacio. Si te giras rápido, hay una puerta con un clavo y te traspasa el traje, tienes que salir, desvestirte y volverte a vestir. Sé qué riesgos he tomado y, sobre todo, sé los que no he tomado. He visto, entrevistado y auscultado a muchos enfermos, pero si me hubiera visto en un incidente, me habría aislado y habría hecho un seguimiento de mi temperatura. Pero no ha sido así. No esta vez.

Parece mentira que en seis horas de vuelo te encuentres a años luz del lugar que dejas. Sin embargo, sigo teniendo la mente allí. Me fui con la sensación de haber dejado cabos sueltos. Antes de partir, un sanitario infectado que estaba bastante bien a nivel clínico, que andaba y comía, me dijo en la zona de aislamiento de Conakry: «Quiero ver la bola esta noche». «¿De qué bola me estás hablando?», le pregunté. «La bola de Barcelona». Se refería al partido del Barça de la Champions. Le pedí al responsable de logística si le podía instalar una tele, pero me respondió que mejor que no, que luego habría que desinfectarla. ¿De qué me estaba hablando?

Si para ellos es importante el fútbol o una telenovela africana o que entre el curandero a ofrecerle unas hierbas naturales porque tú les has dicho que no hay tratamiento, eso se convierte para mí en lo más importante. Ante la negativa del logista, me entraron ganas de subrayar en rojo la palabra Dignidad, así, con D mayúscula. No solo hay que procurar tratamiento, sino poner al paciente en el centro de nuestra preocupación. Me fui sin saber si aquel sanitario aislado tenía su televisor, así que escribí un correo insistiendo en que se lo proporcionaran. Y esta semana me he enterado de que figura en la lista de los primeros casos de supervivientes. Sonreí en silencio. Ahora podrá ver los partidos con sus amigos en el barrio de Matam.

Tampoco se me va de la cabeza el patriarca de la minoría étnica to-mas (gente de la ley, significa), que estaba a cargo de tres familias de Macenta. Su hijo, el que tuvo con su tercera mujer, era el primer caso de la epidemia allí. Un niño de 7 años, «el benjamín y el más listo de la familia». Fui al poblado, protegido con guantes y mascarilla. El pequeño estaba muy mal; no había sido capaz de salir al patio. El anciano tampoco tenía buen aspecto. Le dolía la espalda, la cabeza y tenía algo de diarrea. En otro contexto, lo habríamos relacionado con un episodio de malaria. Pero los síntomas del niño eran como los de un paludismo superacelerado. A las 2 de la mañana llamaron para decirme que el niño había muerto. Les dije que, por muy duro que resultara, procuraran no tocarlo, que llegaríamos a primera hora para ayudarles a hacer de manera segura el aseo mortuorio.

Llegamos vestidos de calle y explicamos al imán y al padre qué íbamos a hacer. Hay que negociar con las autoridades religiosas sobre el tratamiento de los cadáveres, porque allí los lavan, les hablan, los visten, los abrazan, les rezan y los acompañan a ir al otro lado del río. Pero el cadáver es el principal foco de contagio. Debes encontrar un punto intermedio para que ellos corran el mínimo riesgo respetando al máximo la cultura local. Nos vestimos delante de ellos y pedimos a un par de familiares que nos observaran desde lejos, para que vieran que no le robábamos el alma del niño.

La casa era minúscula. Hacía un calor tremendo. Teníamos que tomar una muestra de sangre del niño, pero habían pasado demasiadas horas desde su defunción y tuve que hacerle una punción pericárdica. No tengo hijos, pero si hubiera sido padre y hubiera tenido que hacer esa maniobra a un niño de 7 años muerto es probable que no hubiera podido… Pedí que nadie me tocara, para concentrarme al máximo. El silencio era abrasador. Si me pinchaba sería fatal. Sota, caballo y rey.

Luego lavamos al niño, lo vestimos con la ropa que nos dieron, cerramos la bolsa mortuoria y señalamos con una marca dónde estaba su cabeza. De lo contrario, el impacto psicológico en los suyos habría sido tremendo, porque los rezos siempre deben orientarse hacia la Meca. El padre me dijo que era el quinto familiar que perdía por el Ébola en un mes. Escalofrío. Silencio. Otro y otro más.

Por la tarde pasé de nuevo por su casa y vi que la tercera mujer del patriarca, la madre del niño fallecido, tenía sangre en los labios. «Ha ido al dentista», explicó él. No me gustó. Algo sonaba mal. Con el historial y los síntomas, lo mejor era ingresar a los dos en el hospital. Se negaron una y otra vez. Y yo me negué a ceder. Al final aceptaron. Ella, muy digna, dijo que iba porque quería atender a su marido. Pero la última vez que entré en la zona de aislamiento, era incapaz de levantar el brazo para que le pusiéramos el termómetro. En 48 horas su estado empeoró a toda velocidad. Falleció. El marido mejoró e intentamos darle ánimos. «¿Para qué sobrevivir si lo he perdido todo?», nos dijo. Uno no se encallece ante eso. No.

Tampoco puedo olvidar a un hombre que vino en moto. Delante y detrás de él iban sus hijos, abrazándole para que no cayera. Así viajaron a lo largo de 12 kilómetros. El hombre estaba muy mal. Había lavado un cadáver y asistido al entierro. Murió dos horas después. Al día siguiente, uno de los hijos, de 22 años, me dijo que tenía heces negras y algo de fiebre. El otro relató que le dolía la cabeza y se sentía febril. Aún en shock por la pérdida del padre, les persuadí de que debían quedarse en la zona de observación. Uno de ellos huyó despavorido, y yo comprendí sus motivos. El miedo a morir es humano. ¿Se imaginan que mañana les dicen que están enfermos, los aislan, les explican que no hay tratamiento y que seguramente van a morir? Finalmente volvió y le hicimos las pruebas de laboratorio. Dio negativo. Cuando se lo comunicamos, se puso a llorar como un niño. Esa es la otra cara de esta tragedia. La que te da fuerzas.

No soy ningún héroe. Ni lo quiero ser. No tengo mayor mérito que los que entran a ayudar en las favelas de Brasil y se exponen a que les peguen un tiro. En esta misión en Guinea Conakry solo he querido contribuir a romper la cadena del contagio, participar en el fin de este brote. En los 20 años que llevo en Médicos sin Fronteras, mi único deseo ha sido siempre ayudar.

¿Aventurero? Quizá. Diría que la itinerancia está en mi carácter. Mi padre trabajaba en una empresa especializada en suelos industriales que le obligaba a viajar mucho. Yo nací fuera, quizá en un rincón de África, la verdad es que no lo recuerdo. Me crié en Villaviciosa (Asturias) y estudié en Bélgica. He vivido en Roma, París, Bruselas y Barcelona. Pero recuerdo que en Bélgica, era pequeño, me impactó un espot que decía: «Yo mañana quiero ser un médico sin fronteras». También ha quedado fijada en mi memoria la noticia de la invasión de la URSS en Afganistán que vi en un informativo de finales de los años 70. En ella hablaban de los médicos y los enfermeros franceses desplazados allí. Me identificaba absolutamente con esa imagen.

Así que estudié primero Enfermería y después, Medicina Tropical. Y a los 23 años me enrolé en la organización. He vivido momentos intensos en Afganistán, en la primera guerra de Liberia, en la República Democrática del Congo, Camboya, Colombia, Haití y Angola. Actualmente soy coordinador de operaciones para la zona del Sahel –Guinea Bissau, Mali, Níger, Nigeria y Zimbabue– de Médicos sin Fronteras, y cuando hay una emergencia como esta salta el espíritu colectivo en todas las secciones de nuestra organización, para poder mandar al mejor equipo. En el caso del Ébola, somos 17 los expertos y 60 los trabajadores de MSF desplazados allí.

Sé la importancia de actuar en función del peligro. No soy temerario. Y mi pareja y mi familia confían en mí. Saben que es parte de mi identidad. Yo prefiero asumir riesgos hoy a morir a los 75 años en un asilo. Hago mía esa frase que dice: «No me arrepiento de lo que hice, sino de lo que he dejado de hacer».

TRANSCRIPCIÓN: NÚRIA NAVARRO

Médicos mexicanos ayudan en África

Entre guerra y hambre, entre epidemias y desastres naturales, más de cincuenta médicos mexicanos que no buscan fama ni fortuna colaboran con la organización no gubernamental Médicos sin fronteras en misiones humanitarias que se realizan en países con emergencias de salud, principalmente en África.
Adrián Guadarrama, quien regresó a México después de colaborar en misiones en Sudán, Mozambique y Guinea, habló de la enorme importancia que estos apoyos significan para los poblados más pobres y vulnerables del planeta.
“Estamos hablando de comunidades atrapadas en medio de guerras civiles, donde es común que  caigan bombas cerca del centro de salud donde estás dando consulta u operando. Son poblados en los que llega gente que tiene que caminar seis o 14 horas con un niño en brazos con fiebre o en estado de coma. Ahí se da uno cuenta que lo que cura no es sólo la medicina, muchas veces la propia presencia del médico hace que las personas comiencen a sentirse mejor”, comentó Guadarrama, joven egresado de la Universidad La Salle como médico general.
El doctor Adrián Guadarrama compartió sus experiencias con medio centenar de personas que acudieron al inicio de un ciclo de conferencias que lleva por nombre Diálogos humanitarios, en la Casa Refugio Citlaltépetl, en la Ciudad de México. En ese encuentro, el médico narró cómo comenzó a involucrarse en el trabajo de Médicos sin fronteras en México, donde apoyó con asistencia médico-humanitaria a transmigrantes que recorren el país en busca de llegar a Estados Unidos.
El trabajo de Médicos sin fronteras en México se realiza en diferentes lugares por donde transitan muchos migrantes, por ejemplo Chiapas, Oaxaca y el Estado de México.
Posteriormente, Guadarrama fue considerado para participar en misiones en África, con el apoyo y asesoría de la central de Médicos sin fronteras en Ginebra, Suiza. Así viajó al continente cuna de la humanidad, donde habitan actualmente mil millones de seres humanos y en donde los niveles de salud y esperanza de vida son los más bajos del planeta  debido a epidemias como el VIH, la tuberculosis y la malaria; así como a numerosos conflictos armados de origen político o racial.
Abrir los sentidos
Adrián Guadarrama explicó que Médicos sin fronteras es una organización neutral en los conflictos armados y que atiende por igual a las personas heridas de cualquier bando o simpatía política.  Esta postura es respetada por algunos de los participantes en las guerras  civiles, pero no siempre, como pudo comprobar en los poblados de montaña en los que trabajó en Sudán.
“La gente está acostumbrada a que aviones tiren bombas a su comunidad o a sus caminos y campos. En ese contexto uno aprende a agudizar sus sentidos, por ejemplo el sentido del oído, para saber  si se acerca un avión a bombardear. Me tocó vivir experiencias donde las madres simplemente llegaban y arrancaban a sus hijos las sondas o cualquier material de curación que tuvieran para llevárselos del hospital y meterse en hoyos que son refugios contra las bombas.
“Médicos sin fronteras tiene protocolos muy claros sobre cómo debe uno proceder y tomar decisiones en zonas de conflicto, pero uno se da cuenta de que muchas veces tienes que tomar decisiones muy complejas como decidir si envías o no a una persona grave hacia un hospital de segundo nivel pues ese traslado por ambulancia, manejando cuatro o cinco horas por caminos en guerra, no sólo pone en riesgo la vida del paciente grave sino la de tu equipo de trabajo”, añadió Guadarrama.
A lo largo de una hora de exposición, este médico mexicano que también participó en labores de ayuda a personas con emergencias de inundaciones en Mozambique y luego viajó a Guinea Conarky a ayudar a la campaña contra la malaria, dice que la experiencia de ayudar a grupos vulnerables demuestra que el ser humano siempre puede llegar más allá de lo que piensa que son sus límites.
“Conocí el caso de un padre que recorrió un largo camino con su hijo herido con fragmentos de una bomba. El hombre corrió, luego pidió una bicicleta prestada, luego consiguió una motocicleta y finalmente llegó al centro de salud y pudimos salvar la vida de su hijo. Esos ejemplos de supervivencia, igual que el de niños que llegan en coma por malaria u hombres que deciden atender sus sembradíos de arroz durante la madrugada para después hacer trabajos contra la malaria, muestran que el ser humano puede hacer grandes cambios en favor de la salud”, indicó el médico mexicano que en 2014 viajará a Irak para ayudar en el campo de refugiados  de Domeez.

MSF documenta las atrocidades cometidas en los hospitales de Sudán del Sur

Pueblos enteros se han visto completamente devastados por los violentos ataques que asolan Sudán del Sur desde hace dos meses y medio. Al mismo tiempo, el personal y las estructuras médicas también han sufrido las consecuencias del conflicto, varios pacientes han sido asesinados en las camas de los hospitales, decenas de salas hospitalarias han sido quemadas, el material médico de muchas clínicas, puestos de salud y hospitales ha sido robado, e incluso ha habido un caso en el que uno de los hospitales de MSF fue completamente destrozado. Este el triste balance que la organización Médicos Sin Fronteras (MSF) ha hecho público desde Juba, la capital de un país en el que cientos de miles de personas se han visto privadas de una asistencia médica que en estos momentos resulta de vital importancia para ellos.

(26.02.2014) Malakal es un ejemplo que ilustra a la perfección el grado de violencia que se está alcanzando en Sudán del Sur. En esta ciudad del estado del Alto Nilo, el personal de MSF es testigo de las terribles consecuencias que tienen todos estos ataques para la población civil. Tras los incidentes del pasado mes, por los cuales los equipos de la organización se vieron obligados a evacuar temporalmente el proyecto, estos días se han vuelto a producir nuevas violaciones de las estructuras médicas. A su regreso al hospital, los trabajadores de la organización médico humanitaria se encontraron a varios pacientes asesinados en sus propias camas. En Leer, ciudad perteneciente al estado de Unidad en la que MSF también tuvo que suspender temporalmente sus actividades, el hospital había sido saqueado, quemado y completamente destrozado. Muchas zonas de la ciudad han corrido la misma suerte que el hospital y han sido completamente arrasadas.

“Los ataques a estructuras médicas y pacientes son el telón de fondo de las agresiones indiscriminadas que se están llevando a cabo en ciudades, mercados y lugares públicos”, afirma Raphael Gorgeu, coordinador general de MSF en Sudán del Sur. “Estos ataques demuestran una falta total de respeto a la misión médica y deja a las personas más vulnerables sin una asistencia sanitaria que es vital para ellos”.

Escenas de horror en Malakal

El 22 de febrero, a su regreso al hospital de Malakal, los equipos de MSF descubrieron 14 cuerpos sin vida en el interior de las instalaciones. Allí quedaban otros 75 pacientes con vida que estaban demasiado débiles o que eran muy mayores y que no pudieron escapar. Varios pacientes muertos tenían signos de haber sido tiroteados mientras estaban en sus camas. Muchas salas del hospital, incluyendo el centro para tratar a los niños desnutridos, estaban quemadas. Además, el hospital había sido saqueado. MSF ha evacuado a los pacientes más graves a la base de las Naciones Unidas en Malakal para poder tratarlos en condiciones de seguridad. 13 de ellos presentan heridas de bala. 

“Malakal está desierto, con casas quemadas y muchos cuerpos por las calles”, cuenta Carlos Francisco, coordinador de la emergencia en Malakal. “No tengo palabras para describir las escenas de brutalidad que estamos viendo. La ciudad está saqueada y la gente se encuentra muy traumatizada”.

Algunos de los pacientes evacuados por MSF a la base de la ONU afirman que varios grupos armados entraron en el hospital el 19 de febrero y mataron a aquellos que no tenían dinero ni teléfonos móviles. Esa misma tarde, más hombres armados volvieron y mataron a algunos pacientes en sus camas. También asesinaron a otras personas que se habían refugiado en el quirófano. Los mismos supervivientes afirman que decenas de mujeres y niñas fueron violadas.

Cientos de miles de personas se quedan sin asistencia médica en Leer

Cientos de miles de personas se quedaron sin asistencia médica cuando el hospital de Leer fue arrasado y destrozado entre finales de enero y principios de febrero.

Cuando el equipo de MSF pudo por fin volver a la zona tras varias semanas de inseguridad y tiroteos, las escenas que se encontraron fueron desoladoras: el hospital y todo el material médico había quedado reducido a cenizas, multitud de viales de medicamentos inyectables estaban esparcidos por el suelo y los materiales quirúrgicos esterilizados estaban rotos y desperdigados por todas partes. Además, medicinas, camas hospitalarias y otros suministros habían sido saqueados. No queda ni una sola cama en el hospital.

“La población de Leer y del estado de Unidad contaban con MSF para recibir asistencia médica. Sin embargo, la confianza, básica para poder llevar a cabo nuestro trabajo, se ha roto. Lo más triste de todo es que al final quien paga el precio más alto de esta violencia son todas estas personas que sufrirán, y probablemente morirán, porque se han quedado sin acceso a los cuidados médicos”.

El hospital en Leer, que abrió hace 25 años, era la única estructura de segundo nivel en la región, lo cual explica el duro golpe que esto supone para las casi 300.000 personas que viven en la zona. Sólo en 2013 se hicieron más de 68.000 consultas médicas, se operaron a unas 400 personas y se trataron a más de 2.100 niños desnutridos. Desde el 15 de diciembre pasado, cuando la violencia empezó en el país, hasta el 15 de enero de este año, cuando se tuvo que cerrar el hospital, se hicieron más de 4.000 consultas y casi 170 operaciones.

“Leer está vacío, los civiles han huido a causa de la inseguridad y están viviendo en condiciones infrahumanas en el bosque, aterrados ante la mera idea de volver a casa”, cuenta Sarah Maynard, coordinadora del proyecto de MSF en Leer.  “Si volvieran mañana, o en un mes, se encontrarían con sus casas en ruinas y sin asistencia médica. Esto es una catástrofe para la población”.

Los 240 trabajadores locales de MSF que se vieron obligados a huir al bosque siguen refugiados en el interior del mismo, luchando para tratar a los pacientes con los pocos suministros que les quedan. El personal cuenta que están reutilizando el material para curar heridas e intentado asistir a la población desplazada, que cada vez está más enferma por beber agua sucia del rio y por comer las plantas que encuentran ante la falta de comida. MSF está intentando asistir a esta población y enviar suministros a su personal.

“La asistencia médica en Sudán del Sur está en el punto de mira”, afirma Gorgeu. “Los hospitales ya nos son lugares seguros donde recibir tratamiento, sino objetivo de ataques brutales e indiscriminados. Son lugares temidos y no en los que confiar. Su rol ha sido completamente invertido.  Cientos de miles de personas necesitan urgentemente refugio, comida, agua y asistencia médica en Sudán del Sur, pero la pregunta que nos hacemos nosotros en este momento es cómo podemos proporcionar una asistencia efectiva y neutral en medio de este clima de falta de respeto y miedo”.

Una esperanza contra la meningitis en África

Desde Senegal hasta Etiopía, como un cruel cinturón que atraviesa el África subsahariana de este a oeste, la meningitis A amenaza a 300 millones de personas. Las campañas de vacunación, sobre todo cuando se detectan brotes epidémicos, pueden evitar hasta un 70% de los casos, pero hasta ahora estas campañas se enfrentaban a las dificultades logísticas de mantener la cadena de frío que requieren las vacunas hasta los rincones más remotos de este cinturón amenazado por la meningitis. Hasta ahora.

Por primera vez, una nueva vacuna sin necesidad de frío, amadrinada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha demostrado que puede proteger con éxito a más de 150.000 personas manteniéndose simplemente a temperatura ambiente.

Esta vacuna, bautizada como ‘MenAfrivac’, está fabricada por un laboratorio indio (Serum Institute) y cuenta con el aval de una alianza internacional que lideran la OMS y la organización sin ánismo de lucro PATH, y en la que también colabora la Fundación Bill y Melinda Gates. A diferencia de sus predecesoras (que se deben conservar entre los dos y ocho grados), puede llegar a mantenerse a temperatura ambiente (por debajo de los 40ºC) durante cuatro días, sin perder un ápice de su eficacia.

La prueba definitiva de esta eficacia se acaba de publicar en la revista Vaccine, donde científicos de la OMS han demostrado su utilidad en una campaña masiva de vacunación de 10 días llevada a cabo en Banikoara (Benin). “En realidad no hay una nueva tecnología, no hay una nueva vacuna”, matiza la doctora Simona Zipursky, responsable del Programa de Vacunación Extendida de la OMS y coautora del estudio; “se trata de la misma vacuna de la meningitis, pero probada para demostrar su verdadera estabilidad [a temperatura ambiente]”.

Este estudio piloto (en noviembre de 2012) permitió vacunar a 155.000 personas en 150 pueblos con una cobertura superior al 100%. Sólo nueve viales tuvieron que desecharse en los 10 días de campaña porque habían superado el límite de cuatro días a temperatura ambiente, y lo que es más importante, en 2013 no se notificó en Benin ni un solo caso de meningitis A http://www.elmundo.es/elmundosalud/2005/12/12/medicina/1134389451.html.

Como destacan los autores del estudio, liderados por Zipursky, esta terapia supone una importante ayuda para el llamado último tramo, que va desde el centro sanitario hasta las aldeas más remotas, en las que la distancia o la falta de electricidad dificultaba el mantenimiento de la cadena de frío. Por este motivo, esta alianza internacional trabaja ya en una estrategia similar para fabricar vacunas sin frío para otras enfermedades, “como el cólera, la fiebre amarilla o aquellas dirigidas a una población determinada, como la hepatitis B en recién nacidos o el papilomavirus [en niñas y adolescentes]”, anuncia Zipursky.

Pero las logísticas no son las únicas ventajas de MenAfrivac. Otro estudio publicado en paralelo en el último número del Boletín de la Organización Mundial de la Salud demuestra que esta estrategia de vacunas sin frío puede reducir a la mitad los costes económicos de una campaña de vacunación masiva de este tipo. Con datos de otro estudio realizado en tres regiones del Chad en 2011, investigadores de la OMS calculan que podría reducirse el coste de vacunación por persona de 0,24 céntimos de dólar a tan sólo 0,12, es decir, 0,8 céntimos de euro (eso frente a los más de 35 euros de una vacuna antimeningocócica tradicional).

La epidemia más grave de meningitis en los países del cinturón se registró en 1996-1997, cuando la enfermedad dejó a su paso más de 25.000 muertos. Más recientemente, en 2009, se notificaron más de 78.000 casos de meningitis, que causaron más de 4.000 muertes. Como explica a este periódico el doctor William Augusto Perea Caro, coordinador del programa de control de epidemias, no se sabe bien porqué las tasas de meningitis A en esa zona de África son tan elevadas, “se sabe que hay factores climáticos y humanos que determinan la intensidad y frecuencia de estas epidemias. Es importante recordar que otros serogrupos, como el B y el C, son mucho más frecuentes en Europa y las Américas”.

Esta infección de las meninges que protegen el sistema nervioso central puede ser de origen vírico (más leve) o bacteriana. En este último caso, la mortalidad puede llegar al 50% de los casos. La vacunación, como recuerda la ONG Médicos Sin Fronteras, es crucial para evitar la propagación de nuevos casos en periodos epidémicos, y sobre todo para proteger a la población más vulnerable, niños y adultos jóvenes. La duración de la protección que confiere esta terapia podría alcanzar incluso los 5-10 años.

http://www.elmundo.es

Forzados a refugiarse en el bosque

Un equipo de 30 trabajadores de MSF se ha llevado consigo a varias decenas de pacientes graves con el fin de tratar de proteger su seguridad. Aquellos que estaban en condiciones de huir por su propia cuenta se han ido también, dejando el hospital completamente vacío.

(31.01.2014) “Pese a la duras circunstancias, nuestro personal sursudanés ha seguido trabajando en el hospital de Leer hasta el último momento”, cuenta Raphael Gorgeu, coordinador general de MSF. “Sin embargo, en los tres últimos días, la situación se ha deteriorado hasta tal punto que nos hemos visto obligados a huir con el resto de la población y a llevarnos a los pacientes al bosque, donde seguimos proporcionándoles asistencia médica en la medida de nuestras posibilidades”.

Doce trabajadores no locales de MSF se vieron obligados a evacuar Leer el pasado 21 de enero, cuando la situación empezó a complicarse. A pesar de que más de la mitad de la población de la ciudad había huido, muchos de los trabajadores locales de MSF decidieron quedarse en Leer y continuar proporcionando cuidados médicos de urgencia en el hospital hasta que no les quedara más remedio que huir también. MSF quiere mostrar su preocupación por la delicada situación en la que se encuentran tanto sus trabajadores como los pacientes que se han refugiado en el bosque.

“En las últimas seis semanas, nuestro personal ha trabajado en condiciones muy extremas, nos hemos visto forzados a evacuar los proyectos varias veces, nuestras instalaciones han sido saqueadas y nuestros equipos han trabajado en zonas de conflicto abierto”, afirma Gorgeu. “El hospital de Leer era el último hospital que funcionaba en el sur del estado de Unidad y ahora que ya no es seguro trabajar en este centro sanitario, más de 270.000 personas se han quedado sin ningún tipo de asistencia médica”.

Desde el principio de la crisis, decenas de miles de personas se han desplazado en el sur del estado de Unidad. Esto incluye a los más de 10.000 desplazados de los enfrentamientos en Bentiu que habían encontrado refugio en Leer, y que ahora han tenido que desplazarse por segunda vez. “Cuanto más tiempo esté la población viviendo a la intemperie, sin comida, agua potable ni refugio, más vulnerables serán ante la desnutrición y epidemias”, afirma Gorgeu.

“Nuestros colegas han mostrado en todo momento una gran dedicación, cuidando de nuestros pacientes con kits médicos muy básicos, limpiando y curando heridas y tratando enfermedades como la malaria”, añade Gorgeu. “Ahora mismo tienen muy pocos materiales médicos. Cuando éstos se les acaben, la situación de todas las personas que dependen de nuestra ayuda empeorará todavía más”.

MSF lleva 25 años trabajando en Leer, donde proporciona asistencia médica para niños y adultos, cuidados intensivos, servicios de cirugía y maternidad, y tratamiento para VIH/SIDA y tuberculosis. Sus trabajadores están preparados y deseosos de volver a Leer en cuanto la seguridad lo permita.

MSF hace un llamamiento a todas las partes en el conflicto para que se garantice la integridad de las estructuras sanitarias y el acceso de las comunidades afectadas a los servicios de salud. También para que se permita llegar a todos los pacientes, independientemente de su procedencia y origen étnico, hasta los centros médicos.

Violencia paraliza actividad de Médicos sin Fronteras

El agravamiento de la situación de violencia en la ciudad de Malakal, en disputa entre las tropas gubernamentales y los rebeldes, obligó a Médicos sin Fronteras a suspender sus actividades en esa urbe de Sudán del Sur.

Residentes de Malakal, capital del estado Alto Nilo, y portavoces rebeldes aseguran que la ciudad está en manos de los insurgentes, aunque las autoridades insisten en que no han perdido el control total y que prosiguen los combates.

La situación de violencia y el saqueo a dos de sus instalaciones forzó a Médicos sin Fronteras a suspender sus actividades, lo que deja a miles de personas sin atención sanitaria y quirúrgica, advirtió la organización que había atendido a cerca de 200 personas desde el 13 de enero debido al aumento de los ataques a la población civil.

http://www.el-nacional.com

MSF denuncia el asesinato de pacientes en los hospitales de Bangui

El personal y los pacientes del hospital Amitié de Bangui han sido testigos de ejecuciones sumarias perpetradas por hombres armados en el interior del centro.

(09.12.2013) La violencia que se ha cebado con la población de Bangui desde el 5 de diciembre ha afectado también a las estructuras de salud de la capital centroafricana. Así, el jueves pasado, el personal y los pacientes del hospital Amitié fueron testigos de ejecuciones sumarias perpetradas por hombres armados en el interior del centro. “Nuestros equipos vieron una decena de cadáveres situados frente al hospital”, explica Rosa Cristani, coordinadora de emergencias de MSF. Estos hechos y la inseguridad reinante motivaron que el personal del hospital cesara sus actividades. Los heridos de mayor necesidad y parte de los trabajadores fueron trasladados por MSF al hospital Communautaire. En el hospital Amitié quedan todavía algunos pacientes, pero por el momento se han suspendido todas las actividades médicas en el centro.

En el hospital Communautaire, la situación sigue tensa. Se han ejercido amenazas y presiones sobre pacientes, personal de MSF y personal del ministerio de Salud. En varias ocasiones, los equipos han tenido que interponerse entre los hombres armados y los pacientes. “Continuamos nuestras actividades, pero esta violencia es inaceptable y un atentado al derecho internacional humanitario. Las amenazas tienen un impacto evidente en la atención médica, ralentizándola u ocasionando que el personal sanitario abandone puestos que son cruciales”, explica indignado Thomas Curbillon, coordinador general de MSF en Bangui. “Además, aparte de la violencia per se, es probable que un buen número de heridos no se atreva a recurrir a cuidados médicos. El despliegue de la ayuda, tal y como nosotros la entendemos, neutral, imparcial e independiente, no debería ejercerse bajo la amenaza y la violencia”, prosigue Tomas.

MSF hace un llamamiento a todas las partes en el conflicto en RCA, en Bangui y en el resto del país para que respeten a los pacientes, enfermos y heridos, a las estructuras médicas, a las ambulancias y al personal sanitario y humanitario, tanto centroafricano como internacional. MSF recuerda que es una organización médica internacional independiente de todo poder cuyo único objetivo es responder a las necesidades médicas y humanitarias de las poblaciones a las que asiste.

Heridos sin acceso a atención médica en Sudán del Sur

Una escalada de enfrentamientos intercomunales ha dejado un número considerable de muertos y heridos en el estado de Jonglei, Sudán del Sur. Los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) han tratado a cientos de heridos y están intentando llegar a las miles de personas que se esconden en el bosque.

Antes de este estallido de enfrentamientos intercomunales, el sur de Jonglei también fue testigo de un violento conflicto entre el Ejército de Sudán del Sur (SPLA) y la milicia armada de David Yau Yau, que obligó a unas 120,000 personas a huir y a esconderse en el bosque en el condado de Pibor.

Desde el 14 de julio, equipos quirúrgicos complementarios de MSF y del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) han estado dispensando asistencia a los pacientes que llegan de Manyabol al hospital de Bor.
“Con el apoyo del Ministerio de Salud estamos tratando a 176 heridos, incluidos 128 heridos de bala, y por el momento hemos practicado 34 intervenciones quirúrgicas. Esperamos que su número aumente” dice el Jefe de Misión de MSF, Raphael Gorgeu. “Nuestra próxima prioridad es asegurar que los pacientes que necesitan cuidados postoperatorios y seguimiento sean trasladados en avión a nuestros proyectos más grandes, en Lankien, Nasir y Leer. Siete de ellos ya han sido trasladados”.

Mientras tanto, otro equipo de emergencia de MSF está intentando llegar a las decenas de miles de personas que se esconden en zonas pantanosas inseguras e infestadas de malaria, y que se encuentran sin acceso a agua potable segura, comida o atención médica. Un equipo de MSF ha sido enviado a una zona al sur de la ciudad de Pibor para dispensar primeros auxilios a estas personas, y para evaluar otras necesidades médicas urgentes.

Camille Lepage/MSF

Camille Lepage/MSF

“Tienen miedo de ir en busca de atención médica en ciudades, y tenemos que intervenir allí donde se encuentran, para que todos aquellos que lo necesiten puedan acceder a tratamiento,” explica John Tzanos, responsable del equipo de MSF en el condado de Pibor. A principios de este mes, el equipo evaluó otras zonas y abrió una pequeña clínica en la ciudad de Boma, que fue escenario de intensos combates el mes pasado. MSF también sigue gestionando un puesto de salud primaria en Gumuruk, que ahora es la única instalación sanitaria en el condado después de que en mayo el hospital de MSF en la ciudad de Pibor fuese el objetivo de un ataque y quedase destruido.

“Esta coordinación entre MSF y el CICR ha sido decisiva en la ampliación de la respuesta a las crecientes necesidades médico-humanitarias en todas las partes”, añade Gorgeu. “Al mismo tiempo, sabemos que los niveles de provisión de asistencia se sitúan muy por debajo de las necesidades de la población en muchas zonas. Los equipos de MSF seguirán haciendo todo lo que esté en sus manos para proporcionar asistencia imparcial a todas las personas que lo necesiten, independientemente del bando del conflicto en el que estén”.

Las autoridades locales han concedido acceso a los heridos, pero llegar a las personas que necesitan ayuda sigue siendo extremadamente difícil. El elevado nivel de inseguridad en estas zonas remotas y el inicio de la estación de las lluvias están dificultando el aterrizaje de los aviones.

Los niveles de asistencia siguen estando por debajo de las necesidades de la población en muchas zonas. MSF sigue estando muy preocupada por el impacto que la violencia actual podría tener sobre la población local y urge a que todas las partes respeten y faciliten el despliegue de asistencia humanitaria en el estado de Jonglei.

MSF trabaja en el estado de Jonglei desde 1993. La organización proporciona asistencia primaria y secundaria de salud en todos sus centros en los condados de Pibor, Uror y Nyirol, así como atención médica urgente cundo se requiera en respuesta a brotes de violencia. En 2102, MSF realizó 130,692 consultas en el estado de Jonglei.