Tráfico de niños en África, esclavos del siglo XXI

Consiguió licenciarse en la Universidad. No lo había tenido fácil, aunque hablaba idiomas, contaba con experiencia laboral y estancias en el extranjero. Pero todo ello como víctima del tráfico de niños para su explotación laboral. “Sin embargo, él lo consiguió y nos llamó para contárnoslo, como hacen algunos cuando dejan nuestros centros. Los que pueden permitirse un teléfono, claro. Mantienen el vínculo, aquí cambiaron sus vidas”.

Covadonga Orejas, cántabra, es la misionera carmelita que hace 12 años, con un grupo de trabajadores locales y el apoyo de Manos Unidas, quiso poner freno al tráfico de menores desde países como Togo o Benin a Gabón. “Un asunto en el que estaban involucradas personas de muy alto standing de este país”, explica. Razón por la que, cuando comenzaron a trabajar, tuvieron que cambiar varias veces de casa. “A día de hoy hemos sacado de esta rueda a cientos de ellos, y los hemos devuelto a su país. Esos son probablemente los mejores momentos, cuando ves que los mismos niños que llegaron con la mirada endurecida se marchan con una sonrisa, y con dinero por su trabajo, el que se han ganado”.

La rueda de la que habla comienza a girar en países del África central y del oeste como el mencionado Togo, donde se calcula que un 60% de los niños de entre 5 y 17 años trabaja -3 de cada 5-, y un 30% es forzado a ello. Muchos se convierten en materia prima con la que mercadear, e incluso en objeto de exportación. Gabón es el país de destino de la mayoría de los menores, la nación de más alta renta per cápita del África subsahariana, cubierta por bosques tropicales en un 80%, rica en minerales y petróleo, y con una clase pudiente que no tiene escrúpulos a la hora de emplear a estos menores en las labores del hogar. “Este tráfico se basa en una institución tradicional que existe en Togo o Benín, que se llama confiage”. Consiste en que familias pobres de entornos rurales confían sus hijos a parientes que viven en la ciudad en mejores condiciones, que se encargan de garantizarles escolarización y un futuro a cambio de trabajo doméstico. Otra versión del ‘confiage’ son los matrimonios acordados entre menores y familiares de mayor edad y estatus. Todo ello ha degenerado en un auténtico tráfico de niños, con redes que los captan para trabajar y se quedan con su dinero cuando no los venden directamente como esclavos.

El proceso para recuperarlos comienza cuando los trabajadores de los centros de Kekeli en Togo y Arc en Ciel en Gabón detectan a menores en posibles situaciones de esclavitud, explotación o abuso sexual por las calles y en los mercados de las ciudades. Arc en Ciel fue construido con la financiación de Manos Unidas, y ambas instituciones están coordinadas desde hace cinco años por Covadonga Orejas, que recalca que la parte más importante del equipo son los trabajadores locales. “También funciona el boca a boca”, señala, “y otros niños que estuvieron en esas mismas circunstancias nos informan cuando observan posibles víctimas”.

Sin embargo no siempre fue así. Al inicio, los nativos negaban que existiera tráfico de menores en su país. Pero la progresión es positiva, “aunque ha sido duro ver casos de corrupción entre los mismos cuerpos que se supone debían ayudar a las niñas a volver, y que se quedaban con su dinero. Estos han sido probablemente los peores momentos de nuestro trabajo aquí”, indica. Hoy en día, y desde 2004, existe en Gabón un comité de seguimiento de este tipo de delitos, con policías y funcionarios de servicios sociales que la avisan. “Sí, es cierto que hay un convenio para luchar contra el trabajo doméstico de menores que ha firmado Gabón», explica la misionera, «pero a día de hoy aún no ha sido inculpado ningún gabonés. Recurren a nosotros porque el sistema judicial no funciona”. Es cierto que las medidas legales han hecho que se vean menos niñas en la calle, pero eso, según la carmelita, “no quiere decir que el tráfico haya disminuido. Simplemente las emplean más en las casas y menos en los mercados”.

Covadonga habla con claridad. “En África hay un comité de expertos por los derechos del niño ligado a la Unión Africana. Conocemos esta institución porque vemos a los jefes de Estado cuando vienen para sus grandes reuniones, para las que se construyen casas enormes con piscina y depuradoras para solo una semana de ocupación, lo que dura la cumbre. Y al lado se muere la gente porque no hay agua potable”, denuncia. Cuando se detectan casos de riesgo, se intenta establecer una relación de confianza con los niños, para conocer su situación real, relata, y continúa: “Vemos la actitud de quienes los tienen en tutela, y si están en una situación de explotación, intentamos que salgan del círculo, lo cual es difícil porque no saben a dónde ir. Buscamos alternativas. En Gabón tenemos un centro de acogida, pero en Togo no”.

En muchas ocasiones, la mayoría, deben pagar un rescate por los niños a sus patronos. Y darles refugio en pisos de difícil acceso, donde a las mafias les resulte complicado intentar recuperar lo que consideran es de su propiedad. “Luego se les refuerza la autoestima y se les cuida, porque llegan en condiciones físicas lamentables”, explica la misionera. Además, de 12.00 a 14.00 cada día les enseñan a leer y escribir. Son ya 600 los que han sido rescatados de las mafias en Gabón. En 2013 fueron cien solo en Togo. “Son números ridículos si comparamos las cifras de niños afectados por este problema”, se lamenta. Pero es un triunfo absoluto para cada uno de aquellos que consiguen recuperar su libertad.

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